RUTA DE LAS ESTACIONES – OTOÑO 15

COMIENDO
COMIENDO
CARBONERA
CARBONERA
APRECIANDO EL PELIGRO
APRECIANDO EL PELIGRO
COLMENAR TÍPICO
COLMENAR TÍPICO
CRUZAR EL RÍO
CRUZAR EL RÍO

EL CARDOSO DE LA SIERRA – LA HIRUELA

En esta estación tan especial donde los colores son lo máscaracterístico junto a la caída de la hoja. Los participantes se han ido cayendo, a última hora, dándose de baja. El día ha salido espectacular, soleado, sin invasión de personas en los lugares a visitar… La ruta tiene forma de ocho, comienza en El Cardoso de la Sierra (Guadalajara) pasa por el río Jarama, y llega hasta La Hiruela (Madrid), para volver a cruzar el cauce y terminar en el punto inicial. Ya desde el principio el cachondeo iba a ser clave determinante en esta actividad. Al pasar por debajo de algún manzano y recoger sus frutos caídos. Bromas como la del gusano que sale saludando desde el interior de la manzana. Diciendo a David, el guía, que explique qué árbol es este. El roble, especie predominante.  El haya, que es más tímida. Sólo hay cuatro y hay que estar muy atentos para verlas, ya que se camuflan y pasan desapercibidas. Llegamos a la intersección del ocho, y seguimos por la cuenca, encontrándonos emocionalmente en Canadá con la fauna típica de allí y todo lo que eso pudo llegar a ser. Otra coña es la historia de los puentes de madera que hizo Pedro para facilitar los pasos del río. Toda la noche se pasó construyéndolos, junto a su peón. Y aunque quedaron algo torcidos, por lo menos estaban colocados encima del río, haciendo su función.

Llegamos a la zona de recreo, donde se encontraba el Molino Harinero rehabilitado. El voluntario, por 1€, nos lo enseñó y explicó su funcionamiento. Muy sencillo, el agua entra por un conducto y a presión, mueve un engranaje que hace girar las muelas, de una tonelada. La inferior con muescas para lanzar el cereal (centeno, cebada, maíz…), bellotas… Los pesos, sirven para juntar las muelas y que salga más fina la molienda. A fuera estaba el huerto, donde el molinero cultivaba verduras y hortalizas para complementar su manutención, además de la caza y pesca. También nos dio unos consejos prácticos sobre alimentación, ya que era médico-nutricionista y… algo entendía.

Tras despedirnos y tomar un ágape, continuamos hacia el Colmenar, típico de la zona, ya que cada colmena está formada por un tronco y encima, una placa de pizarra. Ya al aproximarnos se leía un cartel: PRECAUCIÓN ABEJAS.  Tras la foto con las colmenas, rápido de vuelta, por si se enfadan y atacan.  Desde el mirador contemplamos los picos: el Ocejón y detrás el pico del Lobo, el más alto de la Sierra de Ayllón.

Continuamos unos metros por la carretera hasta llegar al camino. Una señal indica el próximo destino y… la canción de la película de Tasio era tatareada. Allí delante aparece una enorme Carbonera, reconstruida, muy bien conservada. A tamaño natural. El panel informativo indica su utilidad de antaño. Si eres visual e imaginativo puedes meterte en la época, cuando se realizaban unas sesenta carboneras por temporada.

Al paso por el pueblo de La Hiruela no podemos resistirnos a tomar unas cañas, refresco y vino, y seguir desvariando, esta vez acerca del poliestireno expandido, extruido o Porexpan como decía  Pilar, vamos  “corcho blanco”. Aunque Forespan me suena como…  esa película que comienza con un hombre sentado en un banco de la parada de autobús, sosteniendo una caja de bombones, mientras se le escuchaba decir a otra persona «mi mamá siempre decía…»

Continuamos, de bajada introduciéndonos en el angosto bosque,  para saludar a la gente que al paso nos encontramos. A lo que tras la cortesía inicial, le pregunto a la chica. “¿Sois de Madrid?» Sí, contesta. Digo – ¿Si en el metro de Madrid te digo Hola, contestas?- Dice- “No”. Nos decimos un hasta luego a modo de despedida para darnos la vuelta y seguir nuestro camino.

Ya, sentados, en la explanada, lo mejor estaba por llegar. Pilar se había quejado que la tartera se le clavaba en la espalda.  Cuando la saca, de la mochila, es un taper en el que cabe tres kilos de ensaladilla. ¡Y estaba llena!, ¡Que rica supo! «Creía que íbamos a ser veintitantos» – dice ella

Tras la comida, Elba y Pedro se llevan la bolsa de basura al marcharse. Con el estómago lleno nos movemos, a regañadientes, con algo de morriña del lugar que dejábamos atrás, continuamos la senda. Se elige ir por una orilla y a la hora de cruzar hacia el otro margen, la mitad de la gente no lo ve claro y deciden volver y atravesar por el puente. Por lo que todos retornamos, cada uno desde su orilla. Y desde ahí comenzamos la andadura. Lo que vemos es precioso. El robledal, el pinar, el reflejo, en las aguas del Jarama, de las copas de los chopos y abedules doradas por el sol de la tarde.

Cada vez que había que cruzar el río era un despropósito de oportunidades para reír, ante el enfado inicial del guía. Que decía por dónde cruzar y ¿si hay otro lugar más sencillo? El caso es que fuimos construyendo una pasarela de piedras y ayudándonos con los palos, pasábamos de orilla a orilla. Menudos ingenieros. Con lo fácil que era seguir por el camino por la parte alta.

Ya en la entrada del hayedo, en la Sierra del Rincón, seguimos por la carretera hasta llegar al desvío, donde entramos por una pista forestal y atravesamos el bosque hacía el Cardoso, nuestro destino. Al llegar, paramos en el bar Tino. Así despedimos la ruta de otoño, con unos refrigerios. Nos despedimos, en la plaza, con ganas de organizar y acudir a la próxima ruta. Esta vez la de invierno. Donde se prevé subir a un pico nevado.

Un abrazo de sonrisa a sonrisa.

Carlos Berzal Perdiguero

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